
Recientemente, la victoria de un candidato de ultraderecha en Brasil ha
vuelto a provocar una fuerte conmoción mundial. La presencia de elementos de extrema
derecha en importantes gobiernos de Europa, América Latina e incluso en la Casa Blanca
ha generado una comprensible aprensión por el rumbo de la política mundial. Para
encontrar una situación histórica parecida, con una extrema derecha tan pujante, habría que
remontarse a la época de la Gran Depresión. La analogía tiene sentido, especialmente
porque, al igual que en los años treinta, la Gran Recesión se ha ramificado en una triple
crisis: económica, política y de relaciones internacionales. Durante la Gran
Depresión, la debacle económica provocó una crisis de representatividad política, que
pronto derivó en un descenso de popularidad de la democracia y en una progresiva
disminución del número de regímenes democráticos. A su vez, la crisis geopolítica se fue
agudizando por la política de appeasement (apaciguamiento) de las grandes democracias imperiales ante los atrevidos desafíos de Roma, Berlín y Tokio. Actualmente, con
Trump en guerra abierta contra varios medios de comunicación y con un nostálgico de la
dictadura militar como presidente electo de Brasil, las reflexiones sobre la crisis de la
democracia han cobrado un nuevo sentido. Por otro lado, la guerra comercial entre Estados
Unidos y China, las tensiones con la Rusia de Putin y el distanciamiento entre Washington
y sus aliados europeos dan razones para pensar que nos encontramos en un momento crítico
para el orden geopolítico actual.
Obviamente, también abundan diferencias significativas entre ambas épocas. Entre
las más evidentes, cabe destacar la distancia abismal entre Franklin D. Roosevelt y el actual
inquilino de la Casa Blanca. De hecho, la ausencia de un político como Roosevelt nos
puede ayudar a entender algunos de los problemas que sufre el campo democrático y
progresista en la última década. Más allá de sus cualidades como político pragmático y
realista, hay que entender la figura de Roosevelt en función de su ambiciosa misión histórica, que, tal y como él
mismo la entendía, consistía en nada menos que renovar el ideal democrático, dotando al
Estado de la capacidad para domesticar al capitalismo y salvarlo así de sus propias tendencias
destructivas. En un contexto ideológico muy competitivo, en el que los proclamados éxitos
del fascismo y el estalinismo arrinconaban a la democracia liberal como un sistema
aparentemente anticuado y paralizante, el New Deal de Roosevelt quería demostrar que se
podía lograr la recuperación económica y la reducción de las desigualdades sociales sin
tener que renunciar a la democracia.
Su ambición política se mezclaba con principios políticos elementales, de gran
flexibilidad, como la voluntad de experimentar en política económica y de renovar
radicalmente la tradición democrática. Entre otras medidas iconoclastas, Roosevelt se saltó
el tradicional límite de mandatos que databa de los tiempos de Washington y Jefferson,
presentándose y ganando en cuatro elecciones presidenciales consecutivas. También
planteó una dura batalla contra el Tribunal Supremo por su constante obstruccionismo
antisocial. En política económica, el presidente norteamericano no tuvo reparos en adoptar
medidas protokeynesianas que escandalizaron a las élites biempensantes de su época:
incurrió en permanentes déficits presupuestarios, reguló el sector bancario y estableció un
programa masivo de empleo público temporal. A pesar de su dilatada trayectoria como internacionalista wilsoniano, en varias ocasiones se inclinó por medidas de nacionalismo
económico, como cuando abandonó el sistema monetario internacional basado en el patrón
oro y boicoteó deliberadamente la Conferencia Económica Mundial de Londres en el
verano de 1933.
En su momento, el presidente tuvo que lidiar con el auge del populismo de
derechas, liderado por figuras mediáticas como el excéntrico gobernador de Luisana, Huey
Long, que prometía un plan para proporcionar a cada estadounidense un automóvil, un
aparato de radio y una casa de 5.000 dólares, o el padre Charles Coughlin, un cura católico
que combinaba ataques contra “los judíos de Wall Street” con el apoyo a propuestas de
estímulo monetario como la libre acuñación de plata. Ante la presión de estos grupos, en
1935 el presidente norteamericano optó por dar su famoso “giro a la izquierda” e impulsó la
Ley de Seguridad Social, el pilar legislativo sobre el que se desarrollaría posteriormente el
Estado del Bienestar moderno. Para salvar la democracia, Roosevelt no dudó en sacrificar
los fetiches de la ortodoxia económica, disputando al populismo derechista sus intentos de
monopolizar el descontento social. Toda una lección para los que, hoy en día, pretenden defender la democracia sin cuestionar los dogmas económicos que han catapultado a sus peores enemigos.